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miércoles, 30 de abril de 2008

Juliette Cafe Bar


Juliette Restaurant, Williamsburg, NYC 2008

Eres carne de cañón para mis obsesiones de madrugada, te visto y te desvisto una y otra vez y me duermo abrazado a tu recuerdo. Fumas porros y apagas cigarrillos en la penumbra de mi habitación con la dulzura de una actriz francesa de los años 60, pero tu cuerpo desata el mismo miedo que trae un huracán.

No lo aguantaba más. Me he tomado una de esas pastillas amarillas que me vendió el Doctor Chekov. Me siento superhéroe, y ahora quiero ser Clark Kent y hacerte el amor sobre la cornisa de uno de esos rascacielos de Manhattan que se vuelven verdes color cómic cuando los iluminan por las noches. Te espero por aquí. Te invitaré a cenar, te llevaré a bailar, te enseñaré la ciudad y, si te portas bien, te enseñaré donde está el Juliette Cafe Bar.

Amanece nublado otra vez, no recuerdo a qué hora llegué ayer.

Ya he extendido el cheque para pagar la renta. Es final de mes y no sé nada de ti.




lunes, 21 de abril de 2008

Diálogo con los patos de Williamsburg


Los patos de Williamsburg, Brooklyn, 2008.

Yo. -A Midsummer Night's Sex Comedy es mi película favorita de Woody Allen
; no es la mejor, ni la que más me gusta, pero es mi favorita.
Los Patos. -
(repiten varias veces, pero no al unísono) A nosotros nos gusta Manhattan, nos gusta Manhatta, Manhatan, Manhatan...
Yo. -
¿Os acordáis, patos, cuando el doctor intenta suicidarse con el revolver que Woody Allen guardaba en su taller de los inventos? ¡Qué ridículo! El amor no correspondido que te hace sufrir hasta límites insospechados.
Los Patos. -
(al unísono) No es el amor, lo que te hace sufrir no es más que una obsesión.
Yo. -
Entonces, qué debo hacer, tirarme a jóvenes inocentes enfermeras o escribir sonetos y pajearme o inventar máquinas para volar...
Los Patos. -
déjate de hostias y líate un buen porro.
Yo. -
Amigos patos, la primavera ha llegado a todos los rincones: cambia el tiempo, cambia el humor, cambia el ocio, cambia el vicio, cambia el cielo de color...

SILENCIO (guardamos silencio los Patos y yo, el río sigue rugiendo). Cambia casi todo al llegar la primavera, pero todo sigue siendo triste para los patos de Williamsburg; para ellos todo sigue igual: anclados en el tiempo se pasean abobados tras la verja que da al río, que da al ruido, que da al veneno y al mal olor.

Yo. -Amigos patos, ese río es el sumidero; yo lo he cruzado.
Uno de los Patos. -!y con el calor huele peor!
Yo. -Amigos patos: la verja os mantiene unidos y sitiados, pero mejor que no sepáis que pasa al otro lado.
Los Patos. -Cuac, cuac, cuac...

domingo, 6 de abril de 2008

Mis Dobles


The Teenage Prayers, Spike Hill, NYC, 2008

¡Tenemos un amigo clavado a ti! Joder, no me lo puedo creer, cuando estabas haciendo las fotos creíamos que eras él. Tío, tenéis la misma cara.

Ya es definitivo. Hay alguien en Nueva York que se parece a mí; o, más que parecerse a mí, es alguien idéntico. No es la primera vez que me lo dicen. Es íntimo amigo del bajista de los Teenege Prayers y cuando él va sus conciertos yo no estoy, y viceversa.

sábado, 5 de abril de 2008

Primavera


Playa de Williamsburg, Brooklyn, 2008.

¡Oh, la primavera! Ya ha llegado sana y salva desde el mar, sorteando balas y sirenas de camiones de bomberos, ha llegado hasta el Bronx. La primavera se ha instalado también a este lado del río, el asfalto duerme al raso y cantan los gallos de Brooklyn; qué contento estoy. Salen las bestias al sol; hoy he visto un gato tan grande que se podría comer a un hombre, o follarse a Margarita. Ya puedo pasear por la quinta avenida; caminando a través de la felicidad que supuran esos cuerpos faltos de alma y culpa, cuerpos tensos en el ejercicio de la compra sin cesar de bolsos de diseño manufacturados por pequeñas falanges asiáticas, cosméticos de esperma de ballena, lencería mutilada, etc. La primavera llega a Manhattan para los turistas elitistas: ¡Me muero, me muero Enriqueta: de shopping hasta Downtown! Me lo paso teta, Enriqueta.

La primavera llega a mí: estoy preparado para abrir el corazón a la generosidad, para dar limosna a los cantautores del metro y limpiar mi conciencia, y para acoger a vagabundos y prostituyas en mi casa, y que no se los coman las ratas mientras duermen bajo el puente de Brooklyn.

domingo, 30 de marzo de 2008

Autopsia


Zapatillas Nocilla dream, Brooklyn, 2008
Te puedes sentir muy solo después de salir del cine a la 2 de la mañana. Pero contento. Eraserhead (1977), un niño indeseado, prematuro y monstruoso que aparece en tu vida, una familia que no deseas que se mete en tu vida, un final trágico para tu cabeza: goma de borrar. El blanco y negro tan expresivo como el brotar de la sangre fresca. Puro tocomocho (es la traducción libre que hago del Neoyorkino al español), dice un viejo verde; pues vete de putas si no te gusta David Lynch, piensas, ¿para qué vienes, para hacernos dudar?

Muy solo, pero contento. ¡Qué cojones! es Nueva York, son las 2 de la mañana, y no hace frío. Te sientes rico: tomas un taxi. Que le jodan al metro, es para la muchedumbre mal oliente, piensas mientras cruzas el puente de Brooklyn y miras por la ventanilla del taxi amarillo conducido por un paquistaní que cuenta dólares mientras conduce. Las luces te parecen maravillosas. Te vienen al la cabeza todos esos ídolos que han podido ver esto antes: Chaplin, Henry Miller, Pedro Erquicia… Le dejas al taxista dos dólares (y no te quejes, piensas, que hoy no te he vomitado dentro ni te he quitado las llaves para tirártelas al mar). Te sientes satisfecho; por eso te vas a tomar una rápida a tu bar preferido en Bedford Ave., hipsterlandia, y terminas suplicando a la camarera que se case contigo, porque no eres como los demás hipsters, porque eres el fotógrafo de las estrellas, porque la adoras y admiras cómo tira las cañas (con espuma, que no es común en Nueva York) y la ofreces un laísmo perenne y un futuro maravilloso: porque no va a tener que conocer nunca a una suegra gorda, porque dormirá siempre con un poeta maldito dispuesto a estar escribiendo con sus manos miles de poemas por todo su cuerpo toda la vida (como Andy y Lucas) y que no tendrá ningún escrúpulo a la hora de usar viagra.

Al final la camarera resultó ser polaca, no de Massachuset, como la habías imaginado. Sacas a relucir una de tus teorías, esta vez sobre la gran comunidad Neoyorquina de polacos flipados con Juan Pablo Segundo ("te quiere todo el mundo", oh yeah!): todos tienen una visión maniquea muy peculiar a la hora de juzgar todo: distinguen entre cosas buenas, las que dan dinero, y cosas malas, las que no lo dan o no dan lo suficiente.

Un cigarrillo juntos (con la polaca liberal-creyente): eres el tío más gracioso que me he encontrado en mucho tiempo, después de mi marido, dice la polaca católica camarera de un bar de Brooklyn en territorio hipster, deberías estar en la tele. Y tú en la cama, piensas. Es hora de irse a casa, en el G train, que es como Godot.

sábado, 29 de marzo de 2008

Fotógrafo del cielo


M.A. Lemons B&W, Brooklyn, 2008

En este momento de mi vida me encuentro a caballo entre ser un fotógrafo de superstars venidas a menos (es el caso de Cowboy Rogers, ya hablaré de él) y un psicópata obsesionado con cantautoras de potencial éxito comercial.

No había casi nadie en la sala. Era un lugar oscuro, apenas estaba iluminado el escenario y la esquina donde se colocaba el técnico de sonido: un adolescente con cara de listillo que tenía pinta de chapero; pedía a todo los que entraban a la sala un dólar como aguinaldo. Pedía sin vergüenza. Me pidió. Eché un dólar y pensé: ¿por otros cinco me la chuparías en el baño, verdad? En la oscuridad se vislumbraba a un negro boquiabierto desdentado que guardaba su bajo en la funda; me había perdido su actuación. Una señora voluminosa con gafas de channel entraba a la sala oscura y tropezaba y caía delante de mí. Todo parecía el escenario oportuno para para que naciese la letra de una canción del Señor chinarro en Nueva York.

Empezó a tocar Michelle, amiga de M., que me había invitado, sin apenas conocerme ni saber de mi psicopatía, a su siguiente concierto, para que le hiciese unas fotos. Ella me sonreía, me dedicó la segunda canción: oh, Mr. Cameraman, you're so sweet, I like your jacket, y le salió un clic de entre sus labios mientras me apuntaba con su dedo índice. Fue un clic tan sensual que me enamoré.

Pero acabó la tercera canción y nuestro amor se derramó por el suelo; Michelle saludó a su suegra, que era la señora gorda que se había sentado al lado de una mesita, al borde del escenario. Esa misma señora que cuando llegó a la sala oscura, donde iba a actuar su futura nuera, tropezó con el escalón de la entrada y calló sin avisar a mis pies; sus manos intentaron agarrarse a mis débiles brazos pero resbalaron. Mis manos, que sostenían mi cámara, no pudieron hacer nada, más que intentar levantarla más tarde. Yo soy un poco débil, sí, pero una grúa haría falta, señora, pensé, yo solo no puedo con usted.

Después le dedicó una canción a su novio, el chico rubio que estaba al lado de la gran suegra. Me fui a tomar una cerveza. No me podía creer que una tía con tanto glamour tuviese un novio surfero, con ese peinado californiano de gayo loco, con esa pinta de tonto, tan tonto que lleva a su madre al concierto. Un tremendo odio se apoderó de mi: pero es que no te das cuenta, Niñato de mierda, que estos conciertos son para hipsters, para fumadores de petas herederos de la generación perdida de escritores americanos de los 50, para fotógrafos cool, como yo. Y yo he venido a hacer fotos a tu novia, no ha levantar a tu madre del suelo, que se ha caído como un saco de patatas.

Seguí haciendo fotos pero ya no podía pensar en ella de la misma forma, tenía allí a la mitad de su futura familia. Perdí la concentración, sólo pasaban estupideces por mi cabeza: A ti, Michelle, te gusta mi chaqueta, pensé; su composición es mayoría poliéster, que es lo que ha hecho que a tu suegra le resbalasen las manos cuando intentaba agarrarse a mí. El poliéster, pensé, ¡qué tejido! que me ha salvado la vida. Ya estaba borracho.

La siguiente banda era de Texas, sonido country. Al acabar la primera canción, el que tocaba el bajo se dirigió a mi: Hey! Camera Man! Take some pictures. Send to our mail. Appreciate. Eres muy feo, pienso, y como no me invites a una cerveza después te va a enviar las fotos tu madre, que no viene porque debió tropezar de verdad hace tiempo.

5.25 a.m. volvía a casa, había conocido a mucha gente; a todos ellos les olvidaría al día siguiente. Cuando iba a coger el metro me sentí parte de la muchedumbre maloliente nocturna; yo, como todos ellos, apestaba a alcohol. En la plataforma derecha (tren hacia Manhattan) un hombre, al que le falta la pierna derecha, tocaba la guitarra sentado en su silla de ruedas; le acompañaba un batería rubio lánguido como un galgo (posiblemente yonky de heroína). Tocaban hardcore, les di mis últimos dos dólares. Non serán suficientes para pagar su estampa, pero ayudan.

Michelle, ya no te quiero.

viernes, 22 de febrero de 2008

Black bags shoes


Untitled, NYC, 2008

En los pequeños comercios dominicanos de Brooklyn te ponen la compra en unas bolsas negras, opacas, ásperas, que le dan un carácter un tanto misterioso, un poco mafioso, a la leche, las salchichas, las chocolatinas o el tabaco que has comprado; nada más salir de la tienda sientes que esa bolsa negra adquiere un misterioso espíritu de kit de supervivencia.

Hoy ha nevado en Nueva York. Cuando me desperté sentí esa especie de calma que sólo siento cuando nieva; me pasaba de pequeño, en mi pueblo nevaba dos o tres veces al año solamente y puede que por eso se me haya quedado gravada esa sensación de paz como algo especial. Me preparé un café antes de mirar por la ventana, porque sabía que había nevado y quería verlo todo con emoción, con el subidón del café, y no medio dormido y atontado.

En efecto, había nevado. Y mucho. La última vez que nevó me empapé las botas; no hay mucho trayecto desde mi casa hasta el subway, pero son unas botas de piel de esas que compran los abuelos en los pueblos de Castilla por quince o veinte euros (dependiendo de si llevan borreguillo por dentro, las mías lo tienen), que tienen un aspecto exclusivo, porque ningún par se parece a otro ni en color ni en forma, pero que no evitan que el agua te empape los calcetines, al contrario: absorben como esponjas.

Dejé mi taza de café vacía y al instante surgió esa vorágine creativa que me da el Maxwell House Colombian Supreme Coofee –good to the las drop!- que concentró todo mi ingenio en las bolsas negras que acumulo en un cajón: esas minifundas cubre cadáveres que cobijan alimentos iban a impermeabilizar mis botas caminando sobre la nieva.

Salí a la calle y mi vecino puertorriqueño, serio y concentrado, ya estaba quitando la nieve de su puerta, movía la pala con ritmo uniforme y acelerado hasta que se topó con mis bolsas negras y paró; así no se te van a constipar los dátiles primo, je, je, me dijo, y ahí le dejé riéndose; mis bolsas le cambiaron la cara. Al llegar al metro me iba a quitar las bolsas, pero pensé: son veinte minutos de trayecto y luego me las voy a tener que volver a poner. Ya en la plataforma, me miraba todo el mundo, miraban con ojos curiosos y se reían. Mi aspecto era ridículo (creo que ya lo es de por sí, sin bolsas en los pies, pero las bolsas lo magnificaban); una niña le decía a su madre algo así como: mira lo que se ha puesto ese chico en los pies, está loco, parece un poco estúpido, y se reía con descaro; un obrero de la construcción, de esos obreros intolerantes y machotes que llevan los pantalones manchados de pintura y unas botas con puntera de acero para proteger sus dedos o para romper cabezas, me miraba con desprecio, pero también a él le nació una sonrisa en su cara de simio hormonado; un agente de los del corrillo de policías que se forma todos los días a las 8 en la plataforma del metro de Canal St. también se percató (y es que están a lo que no tienen que estar), y no tardó en contárselo a los demás maderos para que se mofasen de mis bolsas de forma socarrona y descarada, y me puse contento por haberles hecho pasar un rato divertido, satisfactorio y agradable, como se sienten después de comerse una de esas bagles con queso cada mañana o después de apalear a algún afroamericano en el Bronx algunas noches. Pero lo más simpático sucedió caminando por Manhattan, en Prince St, cuando una señora se me acercó y me indicó dónde había una tienda en la que vendían, entre otras cosas, desodorante, champú y botas para la nieve por 15$; no tengo el pelo sucio, ni me huele el sobaco, le dije, y estas bolsas negras son muy resistentes e impermeables, todavía no ha me ha entrado ni una gota de agua y hacen reír a la gente, sólo por eso las pienso llevar todo el día. A la señora le pareció bien mi justificación, pero me aconsejó que, si estaba haciendo el día más agradable a toda esa gente, les pidiese dinero. Y es que esto es Nueva York, aquí todo se hace por dinero.

jueves, 21 de febrero de 2008

Cumpleaños XXL


Spring St, NYC, 2008

Cuando subíamos en el ascensor, B.B. (de madre china y padre negro) me dijo: aléjate de mi en cuanto entremos al apartamento, lo siento, iba a estar contigo pero tengo negocios, tengo una hija que mantener, tío lo siento, yo voy a vender cocaína y me pueden joder estos negros, ellos tienen el monopolio de la mierda esta noche, lo mejor será que te alejes de mí. En realidad, esto es una traducción posible de lo que entendí o pude entender, porque en realidad no entendí nada, fue luego cuando sus palabras tomaron sentido. Al entrar al apartamento B.B. desapareció. Me quedé solo en medio de una orgía formada por negros musculosos con camisetas ceñidas, con sus trenzas enceradas y sus pollas enfundas en pantalones ceñidos, y muchas tías negras despatarradas, semidesnudas; algunas de rodillas ofreciendo sus vulvas por un puñado de dólares. El espectáculo era tan hard que casi no puede ni beberme la primera y única cerveza de toda la noche.

M.D. cumplía 21 y me había invitado a una fiesta en Manhattan, me llegó la dirección exacta unas horas antes, porque creo que era ilegal o porque lo querían hacer más interesante. Y allí estaba él, pletórico, con sus 21 recién cumplidos, en medio de un circulo de machos afroamericanos, gruñendo, golpeando el puño de la mano derecha contra la palma de la izquierda: smash, smash! (¡a follar, a follar!). M.D. se jactaba de haberse follado ya a dos tías esa tarde y les enseñaba las fotos que las había hecho con su teléfono móvil, en una de ellas se veía en primer plano su dedo anular penetrando un culo gordo y monstruoso; se emocionó con las fotos y con el momento y comenzó a gritar: negras para todos, pago yo. Las putas que se contoneaban lascivas en derredor, con sus coños dilatados y sus cuerpos bañados en destellos de purpurina esperaban ansiosas. M.D. me estrechó la mano de una forma un tanto fría pero al instante, justo después de recordar que yo era su jefe, me estrujó contra su pecho y yo sentí como si me hubiese estrellado contra un acantilado, hasta me zumbó un poco el oído.

En una esquina oscura, J. estaba montando a un tía que tenía el pelo teñido de naranja, creo que era la más vieja de todas, tenía un diente de oro que relucía en la penumbra; ella le estrujaba los huevos a la vez que se retorcía como una anguila, y él la intentaba penetrar con presura, como si aquello fuese un rodeo. Al principio me sentí incómodo y avergonzado, temeroso de que me tomasen por un mirón, pero al rato me concentré en la escena. Eran dos máquinas articulas moviéndose de forma repetitiva, podía ser un hombre follándose a una cabra o un orangután montando a una morsa. Me había metido un par de rayas y me flipé al momento: la cabra se hacía morsa y el hombre orangután pero conservando su cabeza de hombre, y de repente se transformaba en cabra conservando su sexo de hombre. Y de pronto todo volvió a ser racional y vi las masas de carne estúpida de dos cuerpos que se perdían en un rincón oscuro y el sexo, que hasta entonces había sido un impulso eléctrico que me subía desde los cojones hasta el esófago, dejaba de tener sentido, y la raza humana dejaba de ser algo digno de proteger y muchas cosas más que me venían a la cabeza, seguro que por el efecto de las drogas.

B.B. no paraba de hacer amigos y de abrir negocio y a mi me daba miedo acercarme y hablarle. Se aproximó él, me dio algo y desapareció.

Nadie quería hablar conmigo, yo tampoco iba a entender a nadie. Era el único blanco de toda la fiesta. Al cabo de un rato vomité y me fui. Cuando bajaba por la segunda avenida vi a un tipo que me recordó a mí mismo. Estaba casi amaneciendo y él caminaba enfundado en una gabardina gris, sin nada por debajo, con zapatos negros y las canillas al aire y los calcetines apenas le cubrían los tobillos. En su cara vi la frustración y el fracaso de existir en ese preciso instante, en este planeta, en ese momento de la vida, de la historia humana. Me metí todo lo que me quedaba del regalo de B.B. y me quedé mirando fijamente al exhibicionista: vas buscando niñas a estas horas, tarado, y acabarás arruinado entre prostitutas viejas que no ya no se escandalizan por nada. Llegaron dos tíos enormes, creo que le estaban siguiendo, le tiraron al suelo y le golpearon, le llamaron maricón y le mearon encima.

Llegué a mi casa cuando estaba amaneciendo, compré un panetone italiano para celebrar el cumpleaños de M.D. y porque tenía un poco de hambre. Me acordé de las navidades del 2006, creo que por el panetone, y de no entendí porque las cosas se desarrollan como se desarrollan. Me metí en la cama y no me podía dormir y empecé a imaginarme dónde estaría el próximo año en navidades, en la pampa o en la luna. Qué más da, pensé, seguro que J. ya ha eyaculado tres o cuatro veces, el exhibicionista estará caminando dolorido a casa y, en realidad, nada ha cambiado, nada vale para nada. Después creo que me dormí.

martes, 19 de febrero de 2008

Diario de Pitágoras,


Putas T. Ellis, NYC, 2008

En un solo día puedes ver: Un CHINACo travelo que me seduce y me eleva la tensión arterial hasta quererlo matar, un montón de cigarrillos a medio fumar apagados en el vientre de acero desparramado de un mendigo muerto en la plataforma Uptown de la F V o N o yo que sé si con estas escenas tan trágicas no puedo pensar ni dónde estoy, una calle estrecha con olor a fritanga y a perro muerto sin aceite que quemar y sin perro que enterrar no hay nada en realidad pero huele y huele y huele y me revuelvo y vomito a cada lado (varias veces), un montón de ojos de cordero degollado que van al matadero a las 7.35 en la línea G y una par de asesinos en serie por vagón, un restaurante vegetariano para el lunch y Vincen Gallo posando de mala gana que se estremece al verme, una pandilla de críos malos en mi supermercado dominicano vendiendo teléfonos móviles y yo para qué quiero uno nuevo: ten un dólar y te pierdes por ahí niño cabrón pero el que me perdí fui yo entre amenazas y meadas, un menú cien por cien animal y un paquete de BaliShag, una conferencia sobre poesía hoy en día de un polla muy gorda en vinagre con gafas de pasta y un poeta rastreado en black and white con tendencia a cicatrizar y a coserse cráneo con hilo color miel que se quita la chaqueta y sólo le queda una camisa tatuada a la piel, una monja remilgada con las cejas depiladas y con tanga y a lo loco y me masturbo con Jesús o con el Chucho mejicano tatuado en sus dos manos, un libro de Henry Miller abandonado y una chica perdida y una metáfora de mi aliento entre sus dientes. Ven a verme,

ven

a

verme.

Mi

última

esperanza

blanca.

martes, 29 de enero de 2008

Happiness


St.Mark St. NYC, 2008

Entré al herbolario en busca de esas pastillas de la felicidad que publicitaban unos carteles multicolores en los vagones del metro.
- Me da usted dos cajas de pastillas de la felicidad y me dice qué pasa si me las tomo todas de una vez- pregunté a la dependienta.
- Oye mi tigre, que no es pa tomalas todas a la vez -me respondió la dependienta dominicana.
- Bueno, eso es asunto mío -le dije sonriente-, sólo quiero que me diga que efectos secundarios tienen, porque ¿es un medicamento o sólo una especie de placebo?
Es que yo soy un nuevo nihilista neoyorquino y las necesito todas a la vez, pensé.
- Mira lo más que te va a pasar, mi tigre, es que te entre una diarrea grande, pelo no son pa tomalas a la vez que luego…
- Que luego qué -le interrumpí.
- Que luego nada, que son malas pal el etómago, vamos que te vas a cagar -y soltó una carcajada de bruja mala.

Estoy sentado en el WC, esperando sus efectos secundarios y leyendo poesía. Al parecer las pastillas funcionan, estoy perfectamente. Perfectamente feliz.

domingo, 20 de enero de 2008

Meteorología:


Subway Inside, Brooklyn, 2008

Domingo frío y despejado, con la línea de metro G (la G line) en obras, parada y desangelada, me espera una caminata hasta la línea azul. Miro por la ventana y pasea capucha enfundada en negro con perro de raza peligrosa atado a un collar de cuero del que tira la rabia y el miedo.