Lata de cerveza Pabst Blue Ribbon, NYC, 2008
Siempre me ha costado superar todas mis adicciones, esta no va a ser menos. Posiblemente, posiblemente

Parecidos razonables, Azmérica, S XXI
Cuando trabajaba como teleoperador mi frase favorita, y que repetía una y otra vez, era: estamos... trabajando... en ello; yo la pronunciaba con ritmo pausado, con un acento hispano-tejano o pseudocaliforniano, como imitando a un presidente del gobierno con parálisis labial, frontal y occipital. La mayoría de los usuarios de los servicios de internet de la compañía para la que trabajaba, me llamaban molestos y malhumorados, pero terminaban convencidos de que estábamos trabajando en algo y que, tarde o temprano, les solucionaría algún problema.
Mientras Obama y la Clinton se pelean, los responsables de marketing y restauración de muebles antiguos del partido republicano han contactado con los responsables de hinchar y deshinchar al muñeco que personalizaba a Juan Pablo Segundo, cuando se paseaba entre los fieles al aíre libre, y los que manejaban su marioneta de cartón piedra en sus apariciones en la Plaza del Vaticano. Al cadáver del papa le mantuvieron ambulante más de un año; ahora el reto es mayor: logran que la estampa de Mc Caín, se mantenga errática cuatro años de gobierno, las encuestan le dan ganador. En Estados Unidos hasta una marioneta puede vencer en las elecciones a un negro o a una mujer.
El dedo acusador gusta, y los políticos lo saben. El dedo acusador de los políticos tiene toda la fuerza y arrogancia que un estúpido necesita para sentirse tranquilo votando a un partido de derechas, el dedo acusador es un símbolo de poder en el que se reflejan las esperanzas de muchos incautos depositando la confianza en un voz que dice: estamos... trabajando... en ello.
Apareció Lee, a las cinco y cuarto, puntual, y me dio el preámbulo a las instrucciones para disfrutar allí: el decálogo perfecto para una modernidad perenne se resume en un solo mandamiento que no tiene un enunciado concreto, porque aquí no hay filósofos ni artistas verdaderos, no somos capaces de hacer nada verdadero, no somos capaces de concretar; todo es pose, por eso se me ocurre, por ejemplo: ser lo suficientemente ñoño y arti para juntar tus desgracias y hacerlas POP; así no te pasará nada, te podrá atropellar un coche y sólo sufrirás el mismo dolor que un rugido de trompeta en tu tímpano derecho, quedando indemne el izquierdo. No entendí lo que me quería decir Lee, me dio igual, sugerí tomar una cerveza.
Los testículos, que bailan libres dentro del escroto, necesitan estar a una temperatura más fría que la temperatura dentro del cuerpo, esto ayuda a que los testículos fabriquen esperma. Los skinny jeans apretaban la polla y el escroto de Lee impidiendo el albedrío libre de su miembro y la posible fabricación de engendros. Pero Lee no iba a tener hijos, ellos no pueden concebir. Su mirada se dirigió a un cowboy mulato que entraba en una taberna irlandesa.
Entramos en la taberna, detrás del culo del cowboy. Allí, un hispano rapeaba al ritmo que marcaba un Macquintos plateado que descansaba en un taburete de madera carcomido; un sonido enlatado y previsible se mezclaba con un olor rancio a madera vieja y alcohol. Las rimas eran fáciles y profundas: me venden humo, me dan publicidad, no dicen la verdad.
Lee me miró buscando mi complicidad y lanzó sus ojos hacia los muslos de una japonesa gorda, emperifollada con ropas renacentistas que dejaban sus muslos al aire. Lee me contó que desde que su vida sexual empezó, con doce años, ya había completado el circulo natural varias veces, ahora sólo le atraían estampas exóticas o bizarras, y una japonesa gorda no se veía a menudo.
Me pedí la tercera cerveza. Empezaba a estar un poco borracho. Volví a mirar a la japonesa retro. Lee se fue al baño y ella le siguió. De súbito me venían imágenes en flash a la cabeza, una gran masa de carne cubría a Lee y le asfixiaba y le absorbía. Me los imaginé follando y decidí que era una perversión imposible. Pasó el cowboy negro por delante de mí, también se dirigió al baño. Pasaban los minutos y Lee no volvía. Ninguno de los tres volvía. Pedí otra cerveza.

Entré al herbolario en busca de esas pastillas de la felicidad que publicitaban unos carteles multicolores en los vagones del metro.
- Me da usted dos cajas de pastillas de la felicidad y me dice qué pasa si me las tomo todas de una vez- pregunté a la dependienta.
- Oye mi tigre, que no es pa tomalas todas a la vez -me respondió la dependienta dominicana.
- Bueno, eso es asunto mío -le dije sonriente-, sólo quiero que me diga que efectos secundarios tienen, porque ¿es un medicamento o sólo una especie de placebo?
Es que yo soy un nuevo nihilista neoyorquino y las necesito todas a la vez, pensé.
- Mira lo más que te va a pasar, mi tigre, es que te entre una diarrea grande, pelo no son pa tomalas a la vez que luego…
- Que luego qué -le interrumpí.
- Que luego nada, que son malas pal el etómago, vamos que te vas a cagar -y soltó una carcajada de bruja mala.
Estoy sentado en el WC, esperando sus efectos secundarios y leyendo poesía. Al parecer las pastillas funcionan, estoy perfectamente. Perfectamente feliz.